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Oasis en un desierto de alimento

El jardín comunitario de la iglesia del Sureste crece su programa de alimentación

Historia por Debra Banks
Publicado 4/9/2012

When La iglesia del Sureste en Cleveland está situada en el centro del desierto. No se halla en tierra secada por el sol, rodeadas de dunas de arena azotadas por el viento, sino en un área urbana a la que hoy comúnmente se le refiere como “desierto de alimento”—aquí, las tiendas de comestibles son pocas, y las de frutas y vegetales de calidad son aún más pocas. ¿Y el producto orgánico? Ni una posibilidad—hasta ahora.

Cavando

Para la feligresía de la iglesia del Sureste, que dirige el departamento de Servicios a la Comunidad, es una noción familiar tener alimento disponible a los que lo necesitan. Hace como veinticinco años, la congregación de Allegheny Oeste, comenzó con entusiasmo a servir a los habitantes locales por medio del programa del banco de alimentos. Así que, cuando el representante de la iniciativa de salud comunitaria (CHI) del 1er distrito de la ciudad se dirigió a ellos a principios del 2010 para comenzar un proyecto de jardín comunitario, ellos creyeron que podrían unirse—algo que encajó bien con la iniciativa “Muévete” de Michelle Obama. CHI prometió apoyar el jardín de la iglesia del Sureste a través de HEAL Cleveland [sana a Cleveland]—una iniciativa con Kaiser Permanente, cuyo objetivo es causar un impacto con respecto a la obesidad en el distrito y reducir las enfermedades prevenibles en los niños y adultos. El primer distrito, donde está localizada la iglesia, es una de nueve áreas que se eligió para educar, preparar, y proveer recursos para promover los estilos de vida más saludables y la mejor nutrición.

John Reynolds, un feligrés de mucho tiempo en la iglesia del Sureste, asistió a la reunión CHI. “Tuve la audacia de abrir la boca y preguntar: ‘¿Cómo se empieza algo como esto?’”, recuerda él. “Y como decimos, ¡el resto es historia!” Aunque Reynolds nació en el campo, ha vivido en la ciudad desde los ocho o nueve años. A excepción de las ocasiones en que recogió col y hojas de col rizada en el jardín de su hermano, Reynolds, ahora un abuelo, no estaba muy familiarizado con la jardinería. “Ese primer año [del proyecto del jardín comunitario], ¡la palabra mágica era Google!”, ríe él contagiosamente. Más tarde, él y otros asistieron a una clase de jardinería que duró nueve semanas, llamada “Dig In” [cava], presentada por la extensión de desarrollo urbano de Ohio State University. “¡Esto ha sido una experiencia enriquecedora!”, añade él. “¡Hemos disfrutado inmensamente!”
 

 

Listos para ponerlo en marcha

Mientras que alrededor de cinco de los jardineros actuales son de la comunidad, la mayor parte de las veintidós familias que cuidan las parcelas, son miembros de la iglesia del Sureste y sus nietos. Gertrude Dunham, una joven de ochenta y siete años, anciana de la iglesia y miembro del comité de mayordomía, está muy apasionada por su parcela. A pesar de una discapacidad, Dunham da sus vueltas en su banqueta al  cuidar de varios de sus vegetales. “Ya estoy juntando las semillas. Tan pronto el clima mejore, ¡estaré lista para trabajar!”, añade ella con alegría. Dunham no sólo se beneficia en lo físico, también en lo emocional y espiritual. “El vigor, la vitalidad mental y emocional…¡es mi placer y gusto!”, amplía Dunham. “También valoro la comunión con las personas—dar a los vecinos productos de mi jardín… A menudo llamo a las personas que pasan por la calle: “¿Quieren unos tomates?”

Al principio, la iglesia adquirió un lote grande vacante cercano, a través de un programa de banco de terrenos local. El área del jardín—un rectángulo con medida de noventa pies por ciento veinte pies—está dividido en estilo cuadriculado para que las personas y sus familias lo atiendan sembrando y manteniéndolo. A las personas que recién se unen al programa, se les asigna una parcela de medida de diez por diez. Aquellos que tienen fiebre de jardinería—como Bette C. Robinson, antes directora de Escuela Sabática en la iglesia del Sureste—pueden pedir áreas más grandes. “En lo absoluto me enamoré de esto”, comparte ella con emoción. “Y no es suficiente; ¡hay mucho más que aún quiero hacer!” Desde entonces, la iglesia ha obtenido otra parcela.

Dadivosidad abundante

Cada mes, CHI—que también proveyó a la iglesia con herramientas, cobertizos, plantas y semillas—periódicamente le pide a los participantes de estos jardines urbanos que devuelvan el diez por ciento de su producción a la comunidad. Carol Boddy, coordinadora del programa CHI en el primer distrito, está impresionada con la generosidad de los jardineros de la iglesia del Sureste. “Los del Sureste toman  aproximadamente cuarenta por ciento de su alimento y lo devuelven a la comunidad”, recalca ella. El año pasado, el primer distrito reconoció la generosidad de la iglesia con un premio, por haber donado setecientas libras de producto durante un período de dos años a través de su banco de alimento. Boddy enfatiza la importancia de tal lujo—productos frescos orgánicos—en la comunidad. “Estamos tratando de fomentar la alimentación saludable en nuestro vecindario, pero es difícil. Solamente hay una tienda de comestibles en la parte norte del primer distrito, y al sur, hay tiendas pequeñas de esquina que venden muy pocas frutas y vegetales—mucho menos calidad y producto orgánico”.

Estar pendiente del jardín y proveer la ayuda necesaria a estos jardineros activos ha ayudado a los miembros de la iglesia a formar lazos amistosos con sus vecinos. “Una familia vecina se ha hecho amiga del jardín”, comparte Robinson, al explicar cómo se mantienen al tanto de todo. “Aunque preferimos que pidan”, enfatiza Reynold, “no tenemos una cerca alrededor del jardín”. Los jardineros urbanos sólo han informado un “robo”—caso cuando una mujer tomó una sandía madura grande. Sin percatarse, se dio cuenta de su error cuando asistió al servicio de oración una semana en la iglesia del Sureste. Sorprendida y avergonzada, dijo: “¡Yo no sabía! ¡La tomé!” Todos compartieron una buena risa y desde entonces la iglesia ha ganado otra amiga de la comunidad y una visitante frecuente.

Creciendo juntos

Reynolds, Dunham, y Robinson están ansiosos por meter sus manos en la tierra, emprender nuevos planes, y crear nuevos recuerdos. Hasta Reynolds canta suavemente: “Extraño mi tiempo contigo, aquellos momentos juntos….” Él agrega: “La jardinería nos ha hecho crecer como grupos, más íntimamente”.

La oportunidad para presentar al vecindario otro aspecto de la vida de la iglesia del Sureste, no quedó con Reynolds. “La mayoría de las personas ven a los adventistas del séptimo día como las “personas que van a la iglesia el sábado”, dice él. También mencionó que dado a que tanto como el noventa y ocho por ciento de la feligresía del Sureste no vive en el barrio, la comunidad no “sabe quienes son”. Ahora pueden ver el jardín, visitar el jardín, comer del jardín; este es su jardín comunitario. Y ahora pueden ver que “esas personas” están tratando de ser útiles en la comunidad. Están haciendo esto para la comunidad”.


 

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