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Amor Firme
Carl Rodríguez usó las lecciones que aprendió en las rudas calles de New York para crear un ministerio juvenil efectivo

Historia por Beth Michaels
Published 11/7/12

Puede ser que Carl Rodríguez solamente haya pasado dos años al frente de un salón de clases después de graduarse de la universidad—porque ese fue exactamente el tiempo que el Señor le dijo que pasara allí—pero después de cuarenta y cinco minutos de hablar con él, me parece obvio que él es un educador. Me entrega catorce páginas llenas de aplicaciones bíblicas para escenarios de la vida real, así como sus mantras para el ministerio, y hace pausas con regularidad para ver si comprendo sus puntos. Me doy cuenta de que esos mantras, formados a través de las lecciones de una niñez difícil, son su currículo para el ministerio y la razón misma de haber encontrado un servicio efectivo como director de ministerios juveniles de Chesapeake Conference.
 
Es por eso que me sorprendo cuando Rodríguez me dice a mitad de la entrevista, riéndose de su atrevida honestidad: "¡Antes yo odiaba a los niños! [Eso era] cuando recién me uní a la iglesia, antes de bautizarme—porque me gusta el orden. Y cuando los niños hablaban en la iglesia yo les quería decir ‘¡cierren la boca!’" Luego de sonreír al ver mi reacción, agrega: "Pero algo sucedió".
 
Asegurándose de que conozco lo que dice Hechos 2:38-39, explica entonces que el acto del bautismo hace que el Espíritu Santo nos revele nuestros dones para el ministerio. Nos cuenta que tenía diecisiete años cuando el Espíritu le reveló los suyos. “Antes de bautizarme, el pastor me dijo: ‘Carl, no puedo explicarlo, pero quiero compartir esto contigo. El Señor me ha mostrado que vas a trabajar con los jóvenes’. ¡Me reí con tanta fuerza! y le dije: ‘¡Está bromeando!’". Carl se ríe de sus recuerdos. "Pero después de bautizarme algo cambió dentro de mi... Todo tenía que ver con la gracia y la paciencia. Y me di cuenta de lo que Dios quería que hiciera".  
 
Una lección de cariño
 
El libro misionero para menores que Review and Herald Publishing Association en Hagerstown, Md., publicó en el 2011, titulado In the Shadow of the Mob [A la sombra de la mafia] fue lo que, parcialmente, me movió a investigar más acerca de Rodríguez. Como el título lo indica, en el libro se nos cuenta de cómo fue que su vida como hijo de un mafioso italiano (a pesar de que su familia es puertorriqueña) lo forzó a tomar una difícil decisión cuando aún era muy joven. Una circunstancia es especialmente reveladora: Comportándose como un preadolescente analítico, Rodríguez, se arriesga a romper la ya frágil relación que mantiene con su padre con el fin de proteger a su madre y a su hermano menor de los peligros del crimen organizado. En contra de los deseos de su corazón, convence a su padre para que abandone el hogar de manera permanente.
 
Me enteré también de que su vida está marcada por innumerables y sorprendentes intervenciones divinas. A la edad de doce años, dos majestuosas figuras masculinas se aparecen a tiempo para salvarlo de un bravucón del vecindario que estaba listo para apuñalarlo al confrontarlo respecto a un bate robado (Rodríguez era un ávido jugador de béisbol). A la edad de dieciséis, una voz celestial le instruyó a ver un hilo de luz que se filtraba bajo la puerta de un oscuro cuarto en donde una sacerdotisa y otros líderes espirituales esperaban iniciarlo al mundo espiritual. Poco tiempo después, el Señor respondió a sus ruegos liberándolo de un ser maligno que luchaba con él en su cama.   
 
Pero, esas no son realmente las historias que Rodríguez quiere que usted recuerde cuando se encuentre con él. De hecho, cuando nos disponíamos para esta entrevista, parecía un tanto avergonzado de que se hubiera escrito un libro acerca de él. Pero más tarde me explica que muy raras veces comparte esos detalles con los jóvenes a los que sirve de mentor, por temor de que la vida "allá afuera" les parezca intrigante. Por el contrario, él espera que las lecciones de la vida que él ha convertido en los siete puntos del ministerio juvenil (vea la columna del lado) le ayude a otros líderes juveniles, y hasta a los padres, a conducir a los niños hacia Cristo y el ministerio. Aunque Rodríguez pasa una gran cantidad de tiempo delineando los siete pasos, el verso que supera a los demás es: "Amor firme". Él está convencido de que el amor firme les da a los niños estructura y sirve para que sepan que hay alguien que se preocupa por ellos, algo que él mismo anheló una vez.
 
“A los niños no les importa la crítica cuando ellos saben que es porque usted está preocupado por ellos", nos resume Rodríguez. Tuvo que poner esta filosofía en práctica durante su corta carrera enseñando en Greater New York Academy (GNYA).
 
Un temprano llamado
 
Rodríguez me cuenta que estaba a tan solo tres semanas de terminar sus cursos universitarios en ingeniería electrónica en DeVry University en Queens cuando el Señor claramente lo llamó a enseñar. Él se encontraba ya  siguiendo la dirección divina de servir como mentor de jóvenes estando al frente de grupos de Conquistadores y Aventureros en su iglesia local y dando tutoría a estudiantes de GNYA. Cuando la escuela perdió a uno de los maestros de matemática, le pidieron a Rodríguez, de solo veinte años de edad, que tomara su lugar. "Cuando fui a orar (al respecto)... me vi enseñando en un salón; era como una visión, salida de la nada... vi rostros, vi (al director de la escuela), y lo vi llamándome para tomar el trabajo de maestro... De pronto, me llama... y le dije: ‘Te llamo en un momento’ y entonces cuelgo, me pongo de rodillas y empiezo a llorar".
 
Rodríguez nos cuenta que inmediatamente solicitó a sus instructores universitarios que le permitieran adelantar sus exámenes finales para poder tomar el trabajo. Estuvieron de acuerdo, pero no podían entender por qué estaba dejando a un lado el prestigioso empleo que ellos sabían que el tenía arreglado con Bell Laboratories en Long Island. “Mi mamá estaba molesta. Mis amigos me dijeron: ‘Estás tirando a la basura tu carrera, estás desperdiciando tu vida’, porque simplemente no podían entender", nos comenta haciendo una pausa para que esta vez yo pudiera ver el calibre de su decisión.
 
Es evidente que Rodríguez sigue admirado de sus primeros éxitos, mientras relata esos dos años: "Yo era duro con esos muchachos. Algunas veces los reprobaba para que más tarde pudieran volver y demostrarme en la pizarra cómo resolver un problema de matemática, y entonces yo les daba los puntos, porque yo quería verdaderamente que triunfaran", nos explica.  No fue sino hasta en sus dos últimas semanas que se dio cuenta que su salón de clases, a diferencia del de otros maestros, estaba siempre lleno de estudiantes comiendo, hablando y pidiéndole ayuda. "Esto es lo que aprendí: los muchachos y muchachas te respetan cuando tu religión es real. Y por eso venían, aunque yo era duro, porque sabían que los amaba", agrega.
 
Un propósito más elevado
 
Rodríguez pudo haberse convertido en un profesional de la ingeniería, aviación o matemática, pero al escuchar la inconfundible dirección de Dios, él vive la Gran Comisión. Está llevando a otros a Cristo. Su ruta hacia el ministerio le condujo de GNYA al seminario para obtener su maestría en teología, un trabajo pastoral en Florida y de vuelta a los ministerios juveniles, esta vez como director para New Jersey Conference.
 
Me resulta fácil resumir la fórmula que Dios utilizó para crear una ruta para Rodríguez, para colocarlo en donde podía ser utilizado de mejor manera para un propósito más elevado. Fue el incondicional amor de Dios, además de unos pocos mentores adventistas al principio de su búsqueda de la verdad, que lo hicieron responsable de su rudo exterior y de sus malos hábitos, además de la dirección de Elena de White por medio de "esos libros rojos" (como juguetonamente se refiere a sus escritos).
 
Rodríguez también dice que es asunto de aprender de nuestras experiencias, sin buscar excusas de nuestro pasado. Él recuerda cuando los adultos lo juzgaban como: "‘ese pequeño pandillero de los barrios pobres de la ciudad’, y nadie quería darme una oportunidad". También recuerda sus días como un nuevo adventista, rígido, que con presteza sacaba a los niños de la iglesia. "Pero al leer la Biblia me  di cuenta de lo que yo hacía y dije: ‘No, Dios fue misericordioso’. ¿Por qué me comporto de esta manera? Dios fue paciente conmigo",  nos comenta.
 
Ahora, Rodríguez le ofrece a los muchachos y muchachas el mismo amor y paciencia y amor firme que lo transformó a él, y espera que los setenta y dos voluntarios que dirigen los catorce ministerios que ha desarrollado durante sus dieciséis años en Chesapeake puedan hacer lo mismo. Los muchachos y muchachas debieran poder venir tal como son, pero hacerlos responsable de sus propios errores, nos dice. "Una vez que saben que es un ambiente seguro... y ven los beneficios (cuando se involucran), pueden ver que hay cosas más allá de ellos mismos, que hay un Dios que es real". Eso, nos dice, es lo que los interesa en tomar parte de un ministerio. Y me convence de que eso es lo que hace que la iglesia crezca, amor firme y todo lo demás.
 
Haga click aqui para leer “Los siete puntos de ministerio de jóvenes de Carl”

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